Mientras caminaba por el andén frente a un rebaño probablemente de zopencos, quise cerciorarme del espíritu decadente de ellos. No me acerqué porque conocía muy bien las consecuencias de los contactos cercanos con aquel tipo de detestables animales. Era yo, un perro que me había interesado varios días atrás, de aspecto firme, con pelo grueso y largo de color negro, café y un blanco más abundante; pasé desapercibido, dos de ellos tan sólo me echaron un vistazo, los otros ni cuenta se dieron.
Diez minutos después, dándome cuenta que la apariencia ostentosa casi nunca engaña, estábamos.detrás de los arbustos de un parque desolado el perro y yo. Éste animal me era útil, era yo un cuerpo con cuatro patas, y, era yo, un cuerpo con dos patas. Subiéndome el buso y dejando ver mi ombligo succionaba aquel cuerpo, no estaba muerto ni privado de su libertad, simplemente me había concedido conocerlo para conocer mejor a las personas sin ser víctima de su contagiosa vacuidad, al mismo tiempo que él dejaba de ser un perro como cualquier otro. Admito que aquel animal cuando hasta ahora compartía su cuerpo me resultaba desconcertante, era él algo, ¿consciente? ¿poseedor de voluntad?... no lo sabía. Tan sólo me dí cuenta de su nobleza y la confianza que me manifestó desde ese momento hasta siempre.
Había anochecido, sabía entonces, que lo próximo por hacer era buscar más criaturas generosas con sustancia corpórea no humana; no podía permitirme ningún descanso innecesario y debía prepararme cada vez que pudiera, cuando llegara el momento estaría listo y entonces no habría remordimiento. Era la inherente disciplina, la verdadera inteligencia, la pura sabiduría, era yo, el último individuo.
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