Caminaba por las montañas más cercanas a la ciudad por el norte; buscaba solo caninos que vivieran fuera de la peste, no los quería contaminados, sin embargo, no todos los animales de las montañas eran dignos de otorgarme el control de su cuerpo.
Era la 1 de la noche, pocos minutos antes había encontrado un perro que parecía adecuado. Sentado en una planicie me disponía a conocerlo, cuando me percaté de la presencia de una figura privada de conciencia con un arma blanca. Sin mi perro, o sea sin mi prolongación física, no habría logrado darme cuenta, pues se acercaba sigilosamente. Cuando supo que le había pillado gritó con el marcado acento pueblerino y con tono rudo que me fuera de allí sino quería problemas, que aquel lugar era propiedad privada. A medida que escuchaba más palabras salir de su boca sentía una furia que se hacía más y más grande. Aquel hombre era otro zopenco, un peón más. Mi furia había despertado; era la ocasión perfecta para comenzar mi dominio de sí. Sus barrabasadas retumbaban mis oídos; cada frase estúpida, cada amenaza infundada hacían que mi rabia aumentara. La perturbación del silencio nocturno trajo consigo que otros dos hombres se hicieran en contra mía, uno de ellos cargaba una escopeta. Las amenazas se hacían más constantes, tanto que me apuntó con la escopeta. Yo ya había logrado controlar la bestia que emergía dentro de mí aunque la adrenalina transcurría impetuosamente. Disparó al aire diciendo que sería la última advertencia; yo, simplemente, los miraba fijamente a los ojos a una distancia de 13 metros más o menos. Entonces, impacientados dos de los dos animales de dos patas se vinieron contra mi corriendo con expresión desafiante. Supe que si no hacía nada terminaría por lo menos herido. Yo era mi cuerpo y el de otros dos perros. Tuve el tiempo suficiente para conocer a aquel otro animal que había encontrado esa misma noche, y, afortunadamente, él era digno y me había concedido el uso de su cuerpo. Mi pensamiento fue decisivo, y en un momento ya lo había llevado a cabo. Yo mismo, es decir, los dos perros de apariencia enorme mordían el cuello de los zopencos que se habían venido hacia mí. El hombre que sostenía la escopeta apuntaba hacia los perros intentando no tener en la mira ni por accidente a sus dos colegas. Justo cuando se preparaba para disparar un puño impactaba en su cara con tremenda fuerza. Cayendo al piso sorprendido por no haberse dado cuenta de mi desplazamiento quiso dispararme pero el ya no tenía la escopeta, entonces queriendo terminar aquel embarazoso espectáculo de zopencos que creían estar a mi altura, yo, dos perros, mordía fuertemente su cuello y su cara. Yo, humano, descargaba mi adrenalina con patadas en su abdomen. Por fin, cuando ya no había sonido que no fuera otro al de la naturaleza o al generado por mi, saqué del bolsillo de mi pantalón mi navaja predilecta. Corté en varias partes su cerebro y lo comí, por supuesto no yo humano, sino yo, perros.
Esperaba a que terminasen su comida y observaba como amanecía, era momento de ir a casa.